El galgo balón y otras historias sin razón

Nelson nació y sintió una patada. Ese fue su primer contacto con el mundo. Pesaba tan solo unos cuantos gramos y todavía no se llamaba Nelson. Simplemente era un galgo. Un galgo recién nacido. Al mes y medio de vida, Nelson, que no tenía nombre todavía, no podía ni andar. Se arrastraba como podía porque tenía una costilla rota, una fractura de fémur y otra de tibia y peroné. También sufría una osteoporosis avanzada, es decir, el síndrome de los huesos de mantequilla provocado por la desnutrición. Alguien, de cuyo nombre carecemos, se había dedicado a jugar al fútbol y, mala suerte, a Nelson le tocó ser el balón. Abandonado como una colilla después, su estrella cambió de posición y terminó en brazos de una voluntaria de la asociación SOS Galgos, que le puso a Nelson el nombre de Puppy.

Puppy pasó por quirófano y terminó con las patas inmovilizadas por seis clavos y seis agujas. Y con las heridas a flor de piel, Puppy, el futuro Nelson, puso en funcionamiento la maquinaria de SOS Galgos, una protectora catalana sin ánimo de lucro que cuando rescata un perro lo cura, lo desparasita y le busca un primer hogar, una casa de acogida. Esa primera parada siempre es provisional, hasta encontrar a alguien idóneo y capacitado para adoptar de forma definitiva. Y de esta manera, Puppy llegó con carácter de urgencia a la casa de Manuela, una enfermera que vive en Nuevo Baztán (Madrid) que atendió encantada a la llamada de SOS Galgos para hacerse cargo del pequeño galgo durante seis meses. Allí lo curó por dentro y por fuera, lo mimó y lo rebautizó: Puppy dejó atrás a Puppy y se convirtió en Nelson, “por ser un superviviente”.

Nelson, recién operado (izquierda) y en la actualidad (derecha)

Nelson, recién operado (izquierda) y en la actualidad (derecha)

Y es que ser galgo en España lleva implícito en el carácter lo de ser superviviente. De eso se dio cuenta la eurodiputada francesa Michèle Striffle, que horrorizada ante el trato que sufre esta raza, sobre todo en España e Irlanda, preparó un borrador para que fuera aprobado en el parlamento europeo. En él exigía “el cese inmediato de la tortura y el maltrato de galgos en Europa”. Esta iniciativa estuvo acompañada de manifestaciones en Estrasburgo, Madrid y Barcelona, en las que participaron más de 2.000 personas. “Pero fue un fracaso”. Esas son las palabras de desaliento de Anna, una británica afincada en Barcelona que fundó SOS Galgos hace doce años, la protectora de la que sigue siendo directora. El 13 de julio, fecha límite para aprobar la declaración, un total de 220 eurodiputados apoyaron la ley de Striffle. Insuficiente. Para que siguiera adelante se necesitaban 383 firmas.

El resultado cayó como un mazazo en la asociación y entre los amantes de los galgos. “Teníamos tantas esperanzas de que por fin regularan de una manera contundente esta situación… España es un país cruel con los animales en general y los galgos en particular”, se queja Anna. Optimista, risueña y de risa contagiosa, la directora de SOS Galgos llegó a España hace 20 años y se enamoró locamente de su veterinario. Juntos fundaron la protectora con la intención de salvar 250 galgos del último canódromo de Barcelona, que cerraba y dejaba a los perros en lista de espera para recibir la eutanasia. Fue el inicio de una historia llena de tesón, alegrías y alguna lágrima. A Anna se le apaga la voz cuando habla de la caza furtiva en España, de la que, dice, forman parte “muchos de los que nos gobiernan”. Con dos millones de personas con licencia de caza, los últimos datos de la Federación de Asociaciones de Protectoras estiman que hay 300.000 cazadores galgueros con manadas de galgos en su poder. Y de todos ellos se abandonan o se sacrifican al año entre 50.000 y 60.000, sobre todo en febrero, cuando termina la temporada de caza. Una cifra que dista mucho de la del Gobierno español, que asegura que el principal problema de los galgos no es el abandono, sino el robo.

“Muchos viven en zulos, entre rejas y a oscuras. Viven como cucarachas. Peor, porque para los cazadores no son seres vivos. Esto es denunciable y cómo se deshacen de ellos también”. Y es que Anna ha tenido que recoger muchos de esos perros tirados como si fueran una herramienta que deja de funcionar: “Abandonados, ahorcados, degollados o arrojados a pozos. Y todos los que milagrosamente siguen vivos están desnutridos y a punto de desfallecer”. En esa situación encontraron a Nelson, que ahora, en casa de Manuela, se ha convertido en un cachorro de tres meses juguetón, inquieto y el único de todos los animales de la familia que posee del beneplácito para subir al sofá. “Lo tengo mimado, pero ha sufrido tanto….”, se excusa Manuela, que reconoce que es muy probable que le conceda el visado indefinido para quedarse en su hogar. “Cuando lleve seis meses aquí…¿Cómo me voy a deshacer de él? Pero sólo si no me destroza el jardín”, bromea con el morro de Nelson bajo su barbilla.

Perla

Perla

Porque los galgos no ladran, hablan con el hocico. Lo apoyan sobre el regazo y piden tímidamente un poco de atención. Así es Perla, una galga de siete años que lleva cinco con Carmen, la presidenta de SOS Galgos. Viven juntas en un piso de Brunete (Madrid) y entre ellas se creó un vínculo especial cuando llegó. Perla perteneció a un cazador que la entregó a la asociación porque no servía para cazar. De ojos curiosamente redondos, elegante y muy asustadiza, “está traumatizada con algo que le pasó”. No soporta al ser humano en general, y a los hombres en particular, de los que huye irremediablemente. Da igual cómo se acerquen a ella. “Encontramos hasta dos casas con gente maravillosa que la adoptó. Pero la devolvieron porque tenía tanto miedo que se lanzaba contra un muro para huir”, cuenta Carmen, que asumió que Perla la había elegido y encontraba con ella la paz que necesitaba. La presidenta de la protectora fue primero una luchadora por los derechos de la mujer a la que detuvieron en Marbella hace 50 años por bañarse en biquini y, años después, se unió a la causa de SOS Galgos de casualidad. “Me encontré uno por la calle y de repente mi vida empezó a girar en torno a ellos”, cuenta mientras sonríe al escuchar los pasos curiosos de Perla sobre el parqué de su casa. “No se va a acercar. El miedo puede a la curiosidad”, explica Carmen, que sabe que cuando hay intrusos su perra desaparece. “Sé que me moriré antes de que esto cambie”, se lamenta al hablar del resultado de la iniciativa de la eurodiputada Striffle. Pero tampoco pide tanto. Enseñar a la gente que el galgo es un perfecto animal de compañía. Y poner más trabas para impedir que un cachorro reciba una patada al nacer.

Fuente: El País, Berta Ferrero, 5/agosto/2013


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